Un celular Huawei en el bolsillo

huawei_en_el_bolsillo_0EL TOQUE Por: Manuel Roblejo Proenza 6/03/2017

Fui el penúltimo de los socios del trabajo en tener celular. Pasaron casi cuatro años desde que tuve un pequeño Nokia monocromático estatal, y disfruté, con la cara de asombro del muchachito pobre de Habanastation, del curso sobre nuevas tecnologías androides que me brindaron de gratis mis compañeros; que me acogieron con júbilo dentro del círculo, ya no tan selecto, de los que deslizan el dedo de aquí para allá y de allá para acá con las caras bellamente iluminadas.

Opté por un Huawei  Ascend Y520, el más grandecito de los que vi en la vitrina del minipunto de ETECSA, pues no quise comprar ninguno clandestino, que el dinero no sobra, y el móvil era realmente para funciones de trabajo. Debo confesar que me gustó, aunque de nada vale el gusto de quién nunca ha tenido. Contento, feliz como niño que se mira las luces en esos zapatos que alumbran, llegué a mi casa y me recibió mi cuñada que tecleaba en su flamante laptop.

Luego de mostrarle “my treasure” frunció el ceño y me dijo:

“¿Un Huawei, de los de ETECSA? Yo creo que esos son los que están devolviendo…”; me dijo como quien anuncia un fallecimiento, y sentí que iba a desmayarme; pero tenía el móvil en la mano y el display podía romperse si terminaba en el suelo.

“Yo creo que es que la cámara no es buena”. Sentenció, y creí escuchar esas campanadas de enterramiento, tan cliché en películas western espagueti…

¡Dios mío! ¡85 CUC! ¡Esto no puede estar pasándome a mí! ¡Noooo!

Luego recordé que aún disponía del arma de la garantía, y me tranquilicé un poco; en el peor de los casos podía devolverlo.

“Así que si lo vas a devolver apúrate, porque después te mandan para el taller y al final te lo tienes que quedar”.

Mi cuñada claramente no había notado que yo estaba al borde de un infarto. Tuve el impulso radioactivo de salir corriendo y decirle al vendedor que me había arrepentido; le diría cualquier cosa, no sé, que me lo pensaría mejor, o que una voz en mi cabeza me decía que no comprara un Huawei.

Me tomé un vaso de agua de azúcar, por si acaso, y mientras la tragaba recordé a esa fiel adivina, infalible pitonisa, santa madre de todos los desesperados: La Internet.

Googleé, “Huawei  Ascend Y520”, y ya mi debacle cerebral fue inevitable…

“La batería no dura”… Julito, de Costa Rica.

“Se bloquea todo el tiempo”… Ramón, de México.

“¡No compren nada Huawei!”… Silvio, de Chile.

Silvio casi me causa una embolia masiva.

“Debí haber usado preservativo tecnológico, coño”, pensé…

Sin embargo, en ese justo momento, alguien me llamó. Yo había tenido tiempo de poner un tono apurado, pues traía el USB de mi mujer, que sólo tiene reguetón del viejo.

Y puedo decir que el reguetón me salvó, es más, me salvó Tego Calderón. ¿Es así, Tego?

El Huawei comenzó a brillar traicioneramente, a vibrar y a desplazarse, lento muy lento, como en las películas —en todas, todas las películas donde vibra un celular y se desplaza unos centímetros en la mesa de noche del que están buscando para asesinar, y en ese momento el amigo lo llama, pero el muy soquete no coge el teléfono—… y el Tego canta —o dice:

“Lírica malamañosa, belicosa, y súpermaliciosa; sandungueoso, líricoguarapachoso,…”

Nada, que me la puso en China Tego. Y de China son los Huawei. Mi Huawei. Tan negro y brilloso… y nuevo. My treasure…

Así que lo tomé como una señal del destino —o del reguetón—, y me conformé. Mi destino es, claramente, terminar con un chino en el bolsillo.

LINK: Huawei en el bolsillo

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