Los hijos lúdicos. Una visita a una tienda de video juegos en Cuba

1-O9GEs8n6Bc2iYZWc4Y8dSACACHIVACHE Por: Maykel González, 16 Marzo 2017

El observador e indagador de poco mérito conocerá que B suele sentarse definiendo una ligera curvatura, hablar con respeto, casi en tono gentleman, mantener la mirada en el monitor, incluso cuando le habla al cliente, y nunca cruzar las piernas. Tampoco separarlas mucho una de la otra, ni juntarlas de modo que se rocen. Ni acostumbra separar sus dedos cadavéricos del click del ratón.

Hoy se escucha la vocecita honrada de B explicándole a un cliente: ah, tenemos este que es como el Dark Souls, pero menos difícil. Ya que te gustan los RPG, sabes muy bien de lo que te hablo.

Si B le quitara seriedad a su función, dijera “si le descargas, si te cuadra” en lugar de “si te gustan”.

Si B le quitara seriedad a su función, no lo hubiera jugado casi todo: ha terminado cientos de títulos. Ha empezado otros cientos.

B es blanco, semejante a una figura de cera. Con frecuencia se le puede comparar con un modelo de androide, si no fuera porque lleva una riñonera atada a la cintura, lo cual haría de él un anacronismo o un personaje cyberpunk, y B no es, naturalmente, ni lo primero ni lo segundo. Ni un maniaco.

A la una de la tarde, o dos, dependiendo de cuánto se haya despejado el recibidor, B puede almorzar pizza o espaguetis napolitanos o bistec de cerdo y arroz congrí.

Durante las horas de atención al público, la mayor desconexión de B ni siquiera es una desconexión, son los momentos en que un conocido lleno de gozo le comenta que mejoró su PC. La mejora de PC del conocido, de gorra con águila a relieve y pantalón tipo bombacho, se resume en una subida a 16 GB de memoria RAM y la adquisición de una vigorosa tarjeta gráfica Nvidia Geforce GTX 980Ti.

En términos económicos, el incremento supone un gasto exorbitante (una 980Ti tiene valores por encima de los 500 cuc en el mercado callejero); en términos gamer, supone alcanzar una velocidad jugando por encima de los 100 cuadros por segundo; un Aleluya tremendo. El Enhorabuena de B, no obstante, viene en formato cotidiano: “Muy buena tarjeta”, dice, alzando las cejas, sin desviar la vista de la pantalla.

Si B le restara seriedad a su función, dijera “te echaste un cañón, un tronco de tarjetaza, bróder”.

El miércoles 4 de enero, gente de todas las edades ha dejado atrás las celebraciones de Año Nuevo y se ha concentrado alrededor de B, esperando por el campanillazo estridente de Super Copier que avisa del fin de la transferencia de archivos. Casi todos están tranquilos y en silencio monástico, desde unos hermanitos de diez años que entrelazan las manos cubriéndose las rodillas, hasta el adulto canoso, orejudo, rauco, portando un disco duro IDE, al que no podrán complacer por incompatibilidad tecnológica. Los conectores disponibles con los que cuentan en el lugar solo concuerdan con la interfaz Serial ATA. La obsolescencia no es un fenómeno compasivo.

Casi todos están tranquilos en los asientos que, por idea de A, se colocaron para la comodidad de los clientes.

Un pendrive de puerto USB 2.0 no recepta datos a la misma velocidad que un 3.0. Igual ocurre con los discos duros externos y las demás unidades extraíbles. Esto es más posible que lo sepa una persona de entre diez y veinticinco de edad, pero no una señora por encima de los cincuenta. Por eso B demuestra una paciencia nivel Buda cuando justamente una señora por encima de los cincuenta le corta la explicación. Flaco, ¿ya terminó? La señora es suficiente de atrevida como para emplear el apelativo de “flaco”, mereciéndolo ella tanto o más por antonomasia. Es algo desdentada, usa chanclas y camiseta, y emite un resuello inquietante.

Muy sereno, B le responde que no ha acabado, que le avisará sin dilación en cuanto suceda, y vuelve a zambullirse en lo suyo: continuar la presentación del role-playing game (juego de rol o RPG) cuyas capturas de pantalla (imágenes tomadas mediante el software Fraps en plena acción) se reflejan en los anteojos del comprador potencial. Pertenecen al Lords of the Fallen. Son las fotos de un barbudo bermejo, tatuado, con armadura medieval, espadas y poderes mágicos que usa contra enemigos que lo triplican en dimensiones, cosa que, descrita con la iluminación y el tono calórico momentáneo de B, parece no tener desperdicio.

El cliente había confesado poco antes que se refocilaba con el rollo de abatir orcos, cercenar trolls o cualquiera de los otros seres similares, salidos de la inmundicia o la oscuridad. Por lo cual, B, teniendo en cuenta las preferencias del cliente, decidió contarle de qué iba Lords of the Fallen.

— Flaco, ¿todavía?

La señora en chanclas, a quien le importa un carajo la fantasía del medioevo o las criaturas estilo Tolkien, ignora que la copia se interrumpió a mitad de camino, debido a un error de Windows. Cuando se entere, perderá los estribos de la paciencia, pero solo se irá farfullando, porque B, con la calma consuetudinaria, le hará entender que la culpa no fue suya, sino del sistema.

*****

No siempre se tuvo al flemático B allí para lidiar con el público, con las madres furiosas y los que creen merecer devoluciones, a pesar de que les expliquen que, si su ordenador no cumple con los requerimientos para correr el juego y sobrevienen los cierres y pantallazos, no se hacen responsables por ello. Cada cliente debe saber a qué consecuencias atenerse. Al pagar por un título que exige, en lo mínimo, una gráfica de las más recientes generaciones, teniendo en su casa un ordenador de prestaciones ínfimas, el riesgo fue, con antelación, advertido por B.

Hubo un viernes en el cual B, que no debe llegar a los 70 kilos de peso corporal, logró calmar a un cliente mastodóntico de más de cien, como si se enfrentara en la vida real a un troll cavernario, solo que no lo dominó con armas ni magias. Quiero mi dinero, quiero mi dinero, quiero mi dinero, repetía el grandullón conturbado y cerraba los puños, un par de monolitos. Hablando, hablando y hablando, B lo convenció de que su petición — la del mastodonte — era inaceptable.

— Cuánto dinero perderíamos por devolver a la gente que no midió bien el calibre de su PC — se pregunta A — .

No todos los atletas pueden echar carreras de fondo.

*****

Uno de los negocios más conocidos de la venta de videojuegos en la capital se encuentra en el complicado y tormentoso municipio Habana Vieja, en manos de A, su iniciador.

En caso de no tener más vivaracho el semblante, A no se alejaría mucho de un estudiante polilla corriente. Espejuelos de montura gruesa, barbilla abombada, prominente, cabello como cerdas. Siendo justos, no luce como el jefe de nadie. Siendo justos, no luce como que vive y dispone aquí, a unas cuadras de la barriada de Jesús María, donde asemejarse a Harry Potter no inspira a nada elogioso, donde hay peligro constante de que un bicitaxi atropelle a un peatón abstraído, donde hay contenedores de basura desbordados y miradas que se cruzan retadoras por impulsos naturales.

Aquí, con un disco duro de 160 Gb — un portento en los albores de siglo — y un catálogo bastante lánguido, fue que comenzó, de laboratorio. A veces me enredaban, llegaban pidiendo tal juego que todavía no tenía en la máquina y sentía pena, cuenta A. De lo poco que sacó, fue invirtiendo otro poco y otro poco y otro poco para ir haciéndose de mucho, máxime en capacidad, espacio, dispositivos de almacenamiento. Buscó un contacto que lo tuviera actualizado sobre el último título disponible en la internet, debidamente pirateado y crackeado, y pagó por las descargas. Se anunció en el portal de Revolico. Extendió los servicios con entregas a domicilio. Prosperó pese a la alarma de que lo denunciaran y de perder la computadora por incautación de las autoridades.

Cuando se legalizaron varias ocupaciones, en 2010, para el ejercicio del trabajo por cuenta propia, se libró de un gran peso, respiró aliviado. Hizo los trámites y le aprobaron una licencia de Comprador vendedor de discos — compactos — y regularizó su estatus, aunque no haya especificidad en la denominación para la actividad que realiza, lo que puede que los coloque al filo de la legalidad como los difuntos cines 3D.

Con todo, los números de lo que acumula hasta hoy son elocuentes por sí solos. Más de 4000 juegos de PC. Más de 1000 minijuegos. Más de 500 de Xbox 360. Más de 900 de PS3. Más de 1000 de Nintendo DS. Amplificando la oferta, añadió a los listados 5109 archivos entre películas en HD, animados, series anime, series con actores, cómics, manga. En casa de A, los precios van de 15 pesos cubanos a 40, pero varían en las compras al por mayor. Cien juegos valen 6 cup cada uno. Mil valen 2 cup. El paquete completo de juegos cuesta 200 cuc.

Adquirió otros ordenadores. Remozó su vivienda. Ayudó a su familia. B se le unió.

*****

La competencia crece. Pone a prueba. Está el paquete con todo tipo de contenidos actualizados a la venta, que incluyen videojuegos. Están las redes clandestinas de computadoras de SNET en los barrios, que incluyen videojuegos. Están los demás vendedores en La Habana.

— Lo principal es saber ajustar los precios y tratar con los clientes — aconseja B — . En la riñonera guarda los pagos de los compradores, y de esta sale también el cambio. Una caja registradora de tejido sintético.

— Sí, sí, buena cara a los clientes, nadie le compra a los amargados — refuerza A — .

Quizás, por amargado, un vendedor del reparto Bahía no volverá a encontrarse en su casa con el rostro pecoso de Yoan. Yoan pidió un juego en español que le copiaron en inglés. Uno de la serie Fallout, si mal no recuerda. Fue a reclamar y tuvo que discutir para que le devolvieran el dinero. El vendedor se molestó, pero nunca tanto como Yoan, que juró no regresar aunque montaran el negocio al lado de su casa y redujeran el costo a la mitad.

— A y B son lo máximo en toda La Habana. Los reyes. Cuando me encuentro un problema, telefoneo y explico. A llama a B. B atiende mis reclamaciones, sin alteración ninguna — dice Yoan, que habitualmente gasta alrededor de cien cup en sus visitas a la casa de A — .

En menos de dos horas, con algo de suerte, A puede ganar cerca de 20 cuc (un salario mensual cubano).

El recibidor, a veces, adopta un aire grave. Recién se añadió a la lista el Deus Ex Mankind Divided, un monstruo de 70 Gb, birlada la protección de la compañía Denuvo, un grupo que se ocupa de la protección de derechos y licencias, y que desde 2014 le está dando dolores de cabeza a los crackers. No existen mercados formales de videojuegos en Cuba. El gamer depende de las capacidades de piratería y sus resultados en los sitios web.

Yoan no se decide a pedir el Deus Ex, permanece serio y cruzado de brazos, está colorado, como aguantando la respiración. Ha entrado al local una muchacha bonita, espigada, con el busto muy llamativo. Yoan no quiere que ella escuche que él habla de videojuegos con B.

A partir de que el negocio de A dejó de vender solo videojuegos, se ha abierto el abanico para que se produzca este tipo de visitas.

Casi todos están en silencio monástico, echándole el ojo a la chica linda, con más o menos discreción. En cambio, B, ni se ha percatado de su presencia o del giro en el entorno.

El observador e indagador de poco mérito conocerá que B actúa de este modo.

LINK: Los hijos lúdicos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s