Los dueños del Joven Club

los_muchachos

Foto: Yoe Suarez

El Toque Por: Alexander García Milián , 10 de Mayo de 2017

El Joven Club es una construcción pequeña de toscas paredes con puertas y ventanas de cristal. Le llaman el búnker, la cueva o simplemente “el lugar”, y es refugio para muchos chiquillos del barrio. Fue mi tabla de salvación cuando no tenía computadora ni trabajo fijo; solo contaba con aquel espacio para escribir y ganarme la vida con artículos que enviaba a varias revistas.

Allí están mis huellas y las de esos muchachos. Esos que parecen vivir y morir en el mundo ocre y pálido del laboratorio. Los mismos que encuentran en esas salas y en los videos juegos, el sentido de la vida que se les esfuma tan temprano, con tan solo diez o doce años.

Me parecen almas perdidas que transitan como zombies por la calle Cuarta de San Miguel del Padrón.

El Flaco

El Flaco tiene unos trece años. Es bizco, pero sus dedos vuelan en el teclado cuando juega Soldado de la Fortuna o Dota. Nunca o casi nunca va a la escuela; su mundo es el virtual, el del fuego de ametralladoras y grandes operativos.

—No compa, yo no estoy pa´ la muela de los profe, que si Martí, que si dos por dos, na na na, yo no estoy pa´ eso— dice con orgullo, con tanto orgullo en medio de la adrenalina y la emoción del juego, que parece estar borracho o drogado.

Yo llegaba al Joven Club sobre las ocho y media de la mañana y siempre El Flaco estaba allí. Aparentaba no verme, aún lo hace. Me dirigía fugaces miradas tratando de escrutarme, pero más se esforzaba en ignorarme. Quizá le inquietaba que yo no fuera a jugar.

—¿Tú eres profesor? – me preguntó en una ocasión, al mismo tiempo que se acentuaban las grietas de la acné en su rostro cenizo, color ratón.

—No papo, vengo a hacer cosas del trabajo. Yo no soy profesor- le respondí con tono amable.

Ya calmado, se volteó de espaldas y empezó a mover sus pies; siempre estaba así, ansioso y desesperado igual que un loco. Pasaba las manos por su cabeza, al parecer trazando planes y estrategias para el juego.

El Negro

El Negro es así, negro, de mediana estatura y cuerpo bien moldeado por el ejercicio. Tiene quince años a pesar que aparenta dieciocho o veinte. Es más serio que El Flaco, pero igual está obsesionado con juegos de comando. Llegó hasta octavo grado y no quiere saber de estudios o nada parecido.

—Yo estoy pa´ pasar el verde y luego ponerme a luchar con mi tío y mi puro—. Lo gritó a todos, en alarde de supuesta libertad. Como jefe del grupo, debía aprovechar el mínimo chance para marcar terreno.

Además de ser guapo, farandulea con las jevas como buen macho alfa.

Lo recuerdo en la esquina de la panadería con una mulatica delgada y de gruesos rizos. El Negro le dirigía ruegos y miradas de reproche, como exigiendo más cariño o una segunda oportunidad. Él me vio y enseguida se puso tenso, agitado, Creo que aún me odia por haberlo sorprendido con el amor de su vida, aunque siempre dijo tener cinco o seis.

El “Cara de Papa”

El Cara de Papa es como el soldado o el esclavo de El Flaco y de El Negro. Tiene cara redonda, como de papa, una nariz chata y muchos granos. En sus cachetes colorados se notan los signos de la hipertensión. Tal vez por eso ande siempre alterado y sea tan violento.

—Coño, carajo, este anormal es comem…, no sirve pa´ na…”- la pausa la hizo al chocar con mis ojos. Desata su cólera por cualquier cosa.

Tras casi dos horas de juego, el Cara de Papa había sido humillado por un flaco más delgado que El Flaco. El Negro sentía odio por este flaco, el mejor jugador de todos. Con sutil habilidad increpó al gordo para que golpeara al entrometido.

Como un robot, Cara de Papa lo llamó afuera y tras breve cruce de palabras le sonó par de bofetadas. La bronca se armó, o más bien la zurra, porque no le dio tregua al flaquito.

Con orgullo, el gordo vio correr la sangre en el rostro del que minutos antes lo había abochornado delante de todos. Se apartó con lentitud y entró. El “sirviente” fue recibido con apretones de manos por sus “jefes”.

El muchacho no entró más. En los días que trabajé allí no lo volví a ver, pero sí al Flaco, al Negro y al Cara de Papa. Ellos siguen en su rutina diaria de vagancia en el Joven Club y en las tardes transitan como zombies por la calle Cuarta de San Miguel del Padrón.

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