Asomándonos a la revolución cubana de internet hecha por los propios cubanos

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Sentado en la impresionante y hermosa ruina de La Habana, rodeado de piedra en descomposición y hierro laminado de Detroit color pastel, ignorándolo todo para arrastrar hacia abajo sus datos de Facebook como un adicto a la cocaina lamiendo su espejo de esnifar—lo que es, por supuesto un depravado cocainómano intentando darse un chute. Y desplazará su cursor sobre el mismo contenido que visitó hace 15 minutos fingiendo que podría haberse actualizado y que le podría proveer a su cerebro esa inyección de dopamina que le exige. Sin embargo no actualiza. No se actualizará.

Su dosis vendrá en forma de una pequeña tarjeta verde de rascar, casi como un billete de lotería y generalmente cuesta una cuarta parte del salario medio semanal cubano. Un trabajo rápido con una moneda revela dos cadenas extremadamente largas de números, e igualmente con la espalda encorvada de otros adictos, podrá meter los números que son la contraseña para acceder a la página de ETECSA, el monopolio de telecomunicaciones estatal de Cuba, cuya estética de diseño recuerda exactamente nuestro año 1997. Y luego… nada. El teléfono no se conecta, o su señal se desvanecerá rápidamente, desde su punto de red Wifi abierta que eligió ya que como la mayoría de puntos de la ciudad, están abrumados por la demanda. (El Gobierno afirma que hay 60 puntos de red Wifi abierta (puntos de acceso inalámbrico) en La Habana, a diferencia de un puñado de ellos hace unos años. Eso es uno por cada 35.000 Habaneros). Intentará otra vez para una conexión segura.

Después otra vez.

De nuevo otra vez, ya lleva cinco minutos.

Luego 10 minutos.

Bendito Sea Dios.

¡SÍ!

La alegría cuando su teléfono sorprende despertándose con una ráfaga de notificaciones retrasadas será obscena y cuasi-sexual. La pantalla llena de burbujas de cada aplicación que utiliza—Facebook, Twitter, Instagram, correo electrónico—parecerá una orgía del tipo trifecta de sexo-pastrami-béisbol de George Costanza. Enloquecido, desliza, desliza, desliza, tratando de conseguir el golpe de píxel necesario, la dosis de la que creía nunca podría prescindir. Y entonces… fracaso. El sitio web se congela, se cae la aplicación. La frágil red ETECSA no puede soportar las versiones recientes de FaceGoogleInstaSnapTwitter, y reinicia la aplicación y tira hacia abajo frenéticamente de sus datos una y otra vez y de nuevo y una vez más.

En Cuba, donde el Wifi es lento y terrible, usted será un emisario del futuro, un anuncio de la degeneración que está por llegar. Es un completo adicto a la conexión de internet sintiendo el alboroto del mundo vivo en su cabeza 24 horas 7 días a la semana, su paisaje emocional terraformado y golpeado por lo que algún narcisista acaba de publicar en Instagram o algún charlatán en Twitter. Pero como la advertencia “no, ni una sola vez” sobre drogas como metanfetamina, sabe que después de que el internet esté en los bolsillos de los cubanos, se acabará. Incluso la retrógrada, reaccionaria Cuba comunista, se convertirá en parte de los datos Borg, ligados vía cables arteriales de fibra óptica y Wifi al caos mismo que nos dio videos de gatos, asesinatos en directo y el Presidente Donald J. Trump. La verdadera ironía es que si el internet derroca al gobierno y lleva la democracia a esta isla hambrienta de democracia, va a pasar a la vez que la propia democracia está siendo deshecha por Facebook y otros muchos filtro-burbuja-creando el algoritmo optimizado de alimentación para la amplificación de polarización política. Pero nos estamos adelantando a nosotros mismos y también simplificando en exceso, porque los cubanos—los cubanos muy ingeniosos—de ninguna forma se han sentado a beber mojitos mientras la revolución digital les pasaba por encima. Tienen soluciones alternativas. Oh, claro que sí tienen soluciones alternativas.

 

Los residentes de La Habana usan cables de Ethernet y antenas para conectarse a una intranet exclusiva para Cuba.

Antes de mi visita a principios de este año, nunca había estado en Cuba, aunque Cuba había ciertamente venido a mí. El Miami de mi niñez de los años 80 fue un reinicio suburbano de la Cuba prerrevolucionaria, lleno de gente que en ocasiones importantes aún brindaba: El año próximo en La Habana. Todo, desde cartas familiares a camareros recién llegados en balsa nos mantenían informados de las condiciones cada vez más desesperadas en la isla. En Miami, incluso el perrero tenía que tener una política exterior hacia la isla, y Cuba era la conversación cotidiana de lo que todo el mundo realmente hablaba.

En Silicon Valley, donde trabajé en empresas como Facebook y Twitter en la primera parte de la presente década, a Cuba generalmente, cuando se la consideraba, se la consideraba como una curiosidad tecnológica. Este paraíso del trabajador socialista era una cápsula del tiempo donde el idealismo “Hacer el mundo más abierto y conectado” del tecno-capitalismo todavía no había entregado su fruta liberal-democrática. La asunción subyacente que se sostenía que, bien si se trataba de páginas de Facebook para las empresas cubanas o turistas de Airbnb procedentes de Texas, la llegada de internet llevaría a una transformación casi instantánea de la sociedad cubana, legado de la era soviética, a otro país del globo que requeriría de un equipo con gran dedicación de apoyo del usuario.

Dada la naturaleza desvencijada y costosa de conectividad cubana, nadie pierde tiempo o ancho de banda tratando de transmitir un episodio de Juego de Tronos.

Parecía sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, salvo algunos experimentos rumoreados que comenzaron en los años ’90, el gobierno cubano tenía una política muy restrictiva de internet hasta el 2015, cuando los primeros puntos de red Wifi abierta de ETECSA comenzaron a aparecer en toda la capital. Camine por una calle en La Habana Vieja y verá una manada de merodeadores ya sea de pie o en cuclillas, empuñando un smartphone en un parque mientras intentan conseguir entrar en el Wifi de ETECSA. Se trata de internet cubano, donde se bloquea el acceso a sitios web no autorizados por el estado, el gobierno curiosea sobre cualquier cosa sin cifrar y el servicio, cuando existe, es sumamente lento. (Me han dicho que acceso rápido a internet es el dominio exclusivo de las instituciones del estado como las universidades y las grandes empresas, sobre todo extranjeras como hoteles. Salvo contados profesionales del gobierno, nadie puede consultar su correo electrónico o navegar por la web, legalmente, en su casa sin permiso del gobierno.) Hay incluso algunas empresas emergentes capitalizando en la rara artificialidad del internet cubano: Knales, una plataforma de mensajería móvil cofundada por Diana Elianne Benitez Perera, agrupa noticias sobre el tiempo en línea, horóscopos, resultados deportivos, los tipos de cambio y otras noticias básicas que recoge en mensajes de texto para que los cubanos puedan leerlos en sus teléfonos.

Dada la naturaleza desvencijada y costosa de conectividad cubana, nadie pierde tiempo o ancho de banda tratando de transmitir un episodio de Juego de Tronos o un video instructivo de YouTube. El Wifi de ETECSA, cuando se puede conseguir, es puramente social y comunicativo: charla con el tío en Miami que le envía 200 dólares cada mes por medio de la compañía de transferencia monetaria, el sobrino que se trasladó a España, el primo fuera de la capital, eso es para lo que sirven los puntos de red Wifi abierta de ETECSA.

Lo que nos lleva a la solución alternativa. Cada semana, más de un terabyte de datos viene en discos duros externos, conocidos como el paquete semanal. Es el internet destilado hasta su estado más puro, más consumible y de menos forma interactiva: su contenido. Esta colección de archivos de vídeo, canción, foto y texto del mundo exterior se amasa por varios contrabandistas de medios conocidos como paqueteros, y viaja alrededor de la isla de persona a persona, filtrándose rápidamente desde La Habana al punto más distante en menos de un día y que constituyen lo que sería conocido en la jerga tecnológica como una “sneakernet” red de zapatilla: que transmite datos andando con zapato de suela de goma, autobús, caballo o cualquier otra forma de distribución barata y rudimentaria.

Roger Juaristi Guede vende espacio publicitario en paquetes a través de su red de anuncios Highvista.

Con facciones angulares, cabello engominado y mechas rubias, Roger Juaristi Guede me recuerda visualmente un joven Vanilla Ice. Su actitud, sin embargo, es totalmente de rapero, y trabaja en la recientemente renovada sala frontal y pasillo de lo que parece ser la casa de sus padres en el Vedado. Juaristi dirige algo llamado de forma cursi y afectada Highvista Promotions, una de las redes de anuncios de internet pioneras en Cuba. En un paisaje en gran parte desprovisto de publicidad (salvo para el gobierno), el mundo de los medios de comunicación amañados de Cuba tiene incentivos digitales para consumir.

Como un demostración, Juaristi “navega” el paquete para mí, navegando por un disco duro externo hecho en Taiwán cargado con el contenido de la semana como si se tratase de un navegador interactivo. Dentro de cada archivo de índice hay una selección de anuncios de imagen y vídeo junto con el contenido real; el usuario típico cubano podría abrir los anuncios accidentalmente mientras navega, y pronto sin duda desarrollar una ceguera hacia ellos, como hacemos para la publicidad de internet “banners”. Highvista puede también, superponer banners pre desplazadas en los propios videos, mensaje que es mucho más difícil de evitar.

Los videojugadores han improvisado amasando una red más rápida y con más servicios que este paraíso socialista del trabajador ha conseguido producir.

Sin saberlo, Juaristi ha reproducido el modelo de negocio de publicidad en internet de los años alrededor del 2007, antes de que el Google DoubleClick y la publicidad programática lo aplastase. Es decir, uno tiene una “tarjeta de precios” que es simplemente eso: una lista de precios de anuncios dependiendo de la lista de ubicaciones de anuncio, basado en un concepto vago, mitológico del valor de cada uno: Super (el paquete completo), Primera (la carpeta de programa de realidad), el bajo alquiler Remanente (videos de gato) y así sucesivamente. Este modelo fue el pan de todos los días de la publicidad online, los trucos zopencos de baja tecnología previos a los días de Facebook/Google. Se lo menciono a Juaristi, y él me mira sin comprender, como si él no tuviera idea de lo que estoy hablando, lo que lo hace en sí más impresionante. Los clientes de Highvista también reciben un informe semanal que detalla dónde en la estructura laberíntica del índice del paquete aparece su anuncio. Falta de conectividad de la red hace imposible cualquier atribución real al anuncio, y mi compañero de tecnología interna hizo una mueca a la imposibilidad de seguimiento de todo ello.

Esto es lo fascinante de la emergente clase digital de Cuba, especialmente procedentes de Silicon Valley: sus principales problemas imitan los nuestros propios, aunque en forma más cruda e improvisada. Como algunas especies extrañas en un reducto aislado como Australia, Cuba ha ido evolucionando convergentemente (aunque sobre todo independientemente) al mundo exterior, aunque sí varias generaciones técnicas más tarde. Resulta que si uno conecta seres humanos espasmódicos, narcisistas, propensos-al-aburrimiento a través de medios digitales, no importa el tipo de canaletas de comunicación provisionales que se usen, estos se comportan exactamente del mismo modo.

Un grupo de administradores de SNET cerca de un pilar en las afueras de La Habana.

Para ajustarse a las condiciones de los términos de servicio rigurosamente exigidos y vigilados por SNET, ninguno de estos proveedores de servicios o los administradores del sitio pueden mostrar publicidad a los consumidores o cargar a los usuarios por acceder a sus sitios. Los creadores lanzan estos servicios simplemente para obtener puntos de estatus en SNET—como los pioneros obsoletos creadores de internet, antes que Silicon Valley se convirtiera en aquellas empresas que ofrecían fuentes de bebidas probióticas a sus empleados, artículos de reflexión profundos de 6.000 palabras en la plataforma Medium y una ronda de $50 millones de inversión de capital de riesgo. En lo que se refiere a los paqueteros, los administradores preventivamente autocensuran, prohibiendo cualquier contenido político o religioso desde el principio. Las cuentas varían, pero los administradores de SNET insisten en que la red nunca se desvía a la ilegalidad, y la vindicación final fue colgada en CubaDebate, un blog de afiliados al gobierno, a finales del año 2016. Completo con nombres y fotos, el mismo blog que en su día publicara los discursos de Fidel elogió a los valiosos videojugadores.

Sin dinero real, y trabajando en una zona gris de la dictadura, los videojugadores improvisaron una red más rápida con más servicios que nunca había podido producir este paraíso socialista de los trabajadores. Me siento en muda admiración mientras Ian me muestra clones de entidades de internet de Estados Unidos que costaron mil millones de dólares. Todo esto existiendo en casi aislamiento del mundo exterior, a sólo cien millas de los Estados Unidos. Como sucede a menudo con observadores desde fuera de la realidad Cubana, mis dos pensamientos recurrentes son: por el Amor de Dios, ¿qué podrían lograr estas personas si no tuvieran el gorila llamado gobierno sentado en sus rostros, asfixiándolo todo? ¿O si tuvieran fácil acceso a todo lo que Silicon Valley tiene para ofrecer?

La gente espera al otro lado de la calle donde los vendedores ambulantes venden tarjetas-de-rascar para el acceso al Internet.

 

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